Hijo de artistas plásticos. Crecí entre talleres de dibujo y escultura y en una casa llena de libros de arte por todos lados.
De chico, andaba siempre entre exposiciones y muestras en el Palais de Glace y el Museo Nacional de Bellas Artes; o enfrente, corriendo carreras de carritos a rulemanes en Plaza Francia. Con mi hermana jugábamos a vender cerámica. Una linda época.
Más adelante llegaron los talleres de dibujo y, a través de los años, algunas muestras colectivas. Cada vez que pude, visité museos en Argentina y en Europa.
Sin darme cuenta, todo eso fue armando una manera de mirar: prestar atención a los colores, a las texturas, a cómo se combinan las cosas y a esos pequeños detalles que hacen que algo se vea bien o no.
Hoy, esa manera de mirar aparece tanto en la vida cotidiana como en el trabajo, de una forma bastante simple:
- Cuando ayudamos a elegir paletas de color para una prenda o una colección.
- Cuando evitamos combinaciones en las que los colores “vibran” entre sí y cansan la vista.
- Cuando buscamos que un tono flúo o un pastel se vea cuidado y con buen gusto, y no fuera de lugar.
- En esos ajustes mínimos —a veces, apenas unas gotas de pigmento— que hacen que el ojo perciba el color de otra manera.
No es algo que aparezca en una lista de servicios, pero está. Se nota en los detalles: en cómo combinamos una estampa con una tela o un material, en cómo se arma una colección o en cómo se ve un uniforme cuando alguien se lo pone.